lunes 29 de junio de 2009

El maravilloso reto de ser mamá

Quién no recuerda el maravilloso momento en que el médico nos dice: "es una niña" .... "tiene usted un varón" .... y acto seguido, se oye el llanto de un pequeño. Esas palabras y sonido nos llegan al alma, al corazón y nos saben a gloria. Por lo menos fue así en mi caso. Despues de malograrse dos de mis embarazos, llegaron mis hijos, con miles de trabajos, a descubrir una parte de mi que estaba latente para sentirme una mujer totalmente realizada. Y es que pensaba que con ser porfesionista, todo estaba resuelto, pero no me dí cuenta de cuánta falta me hacían mis hijos, de cuánta motivación y energía tenía, hasta que ellos llegaron. Una niña y un niño.
Los retos de atender a bebés prematuros (ambos lo fueron) son grandes, pero uno se va adaptando, en la medida en que los niños se integran a la familia. Y como factor común, el amor más puro, desinteresado, leal y honeso, nace entre padres e hijos, en el seno familiar. Mientras son pequeños, los hijos nos ven a los padres como "lo máximo" y más si eres considerada "la madre (o padre) que todo amigo de tus hijos, quiere tener" ... uno va autoevaluando y ajustando su labor y podemos ir sonriendo, satisfechos, por los resultados, aun cuando se haya pasado por cosas difíciles. Pero cuando llegan a la adolecencia, nada de esto sirve, la sonrisa se congela y pasa a tomar una mueca de asombro e indredulidad, al menos con el primer hijo (ya les diré de los siguientes ó díganemlo ustedes que ya los tienen).
Mi hija, con quien llevé una excelente relación durante toda su niñez y adolecencia, a quien considero la más mavillosa mujer, ha cambiado totalmente, es diferente. Me reta, se me enfrenta y por más cosas que haga por y para ella, NO LO VE.
Uno puede desvivirse por ellos, tomar decisiones que lo llevan a uno a actividades que nunca imaginó, porque el resultado redituará en ellos, los hijos, no únicamente en nosotros, los padres.
Me jacto de ser una madre que no tiene más que la expectativa de apoyar a sus hijos al 100000000% sin esperar ver en ellos los sueños que no pude realizar; todo lo contrario: quiero verlos como personas de bien, capaces de desenvolverse por si mismos en la vida en lo que ellos quieran y se sientan santisfechos; mi labor es acompañarlos y orientarlos en estas decisiones. Y todo lo que hago actualmente, es para conducirlos hacia la independencia, pero ellos, NO LO VEN.
Aclaro que no quiero que vengan y me den las gracias y se pongan en plan de "corresponder" a lo que uno hace. Al final de cuentas mis hijos vinieron al mundo porque se deseaba tener hijos, ellos no pidieron nacer. Es sólo que cuando llega la adolecencia a ellos nada les parece suficiente, en cualquier aspecto desde el que se analice la situación: económico, responsabilidades, afectuoso, atención .... esatoy segura que ustedes, padres de adolecentes, me comprenden.

A consecuencia de los problemas que se dan con la adolecencia, mi hija está pasando unos días con su papá (del cual me divorcié hace años). Por primera vez quiso irse con su padre, a consecuancia de una discución y yo pensaba esa noche, entre lágrima y lágrima ¿Por qué no ve lo que hago por ella? ... ¿Qué me espera con el menor, para quien ella es ejemplo? .... Y ella, con su padre, tan campante, pasando cierto tipo de carencias (TV, internet, su mamá, su hermano), orgullosa y estóicamente aguantandolas, sin chistar, para darme una lección (esa era mi pretención cuando quería irme de mi casa a su edad, darle una lección a mi mamá, pero mis padres no eran divorciados y nunca me pude ir porque no tuve a donde, por lo que me guardé mi orgullo y estoicismo).
Entonces, recordando mis reacciones de hace 27 años, entendí que mi hija está probando su capacidad de enfrentarse a quién más duramente la evaluará y criticará a lo largo de su vida futura. Me doy cuenta que decidió "tomar distancia" y "valorar" la situación desde afuera, pero definitivamente ya no es la niña a quien debo llevar de la mano por la vida. Debo observarla de lejos, mirar su desempeño y estar cerca, no encima, para que cuando se tropiece y caiga y ella no pueda levantarse, que lo dudo, apoyarla y darle la mano para levantarse y caminar de nuevo.

Para ir finalizando, quiero comentarles que recuerdo perfectamente bien el nacimiento de mis hijos, y un detalle curioso es que el hospital donde ambos nacieron, había una capilla, en donde se daban misas; dentro de ella hay una gran imágen de Cristo. Fui a ella apenas pude caminar tras la cesárea de cada uno de ellos y agradecí a Dios por la confianza que depositaba en mi para criar a esos niños que Él me prestaba y los puse en sus manos desde ese mismo momento. Lo que quiero decir es que ellos tienen su propia vida.
CONCLUSIONES:
Mi hijos irán por la vida contando siempre con mi apoyo, dejaré de llevarlos de la mano, pero siempre irán de la mano de nuestro Padre.
Mi labor con ellos es formarlos como hombres y mujeres de bien, autosuficientes y amorosos.
Parafraseando, soy un arquitecto que forma los cimientos de su vida y ellos construirán el resto; ellos no reconocerán mi labor, sino dentro de muchos años más (tal como yo lo hice con mis padres) pero mi Padre, síempre la verá.
Amo a mis hijos, no cambiaría ni un minuto de mi vida con ellos, por nada en el mundo.

A continuación les dejo un video que me aclaró mucho de todo esto que les comento en este texto, no dejen de verlo, hasta el final, esta chica complementa mi sentir, en este momento.
¡Espaguetis!

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